Zéjel tercer número
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“Al llegar a la ciudad…” David Roldán

Al llegar a la ciudad no encontró nada. No había calles ni brazos de luz. Sólo el océano se escuchaba como un descanso extraordinario en la mente de los hombres. La familiaridad del agua traía la tierra mezclada y perdida de los viejos romanos y la América diamantina. De la cornisa del mar pendía un puerto distraído por el grito único de los marineros y mercaderes. Los últimos, decían, comerciaban con la palabra lenta. Discutían su origen, si provenía de la cárcel cervantina o de la soledad de Tucumán, si antes había sido grabada en las joyas de los banqueros toledanos o traída por los los tartésides, visigodos, los gauchos o Cortázar. Ni las perspectivas mágicas de Torres-García ni el orden de los siglos adivinaban el extraño origen. Había nacido, ella misma, en dos ocasiones, en dos lugares distintos. Su patria era el viaje eterno hacia la otra casa caliente que la recordaba.

“Al llegar a la ciudad…” David Roldán.

Zéjel tercer número
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“Eternas verdades del primero de junio” Rubén Carrera

es primero en la tarde asfixiante, el fin de la alegría
un día, tal como este, una sonrisa,
un pita en el mejor griego de la ciudad,
junto a mí un sol, un sol distinto
uno mucho más bello del que luce hoy,
una melodía, un tirabuzón en un cabello negro,
una caricia, una peli de esas raras,
la muerte encarnada
y a su vez, un tiempo, un tiempo que se repite,
uno más entre otros tantos

“Eternas verdades del primero de junio” Rubén Carrera.

Zéjel tercer número
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“E io chi sono?” Ángelo Néstore

Por la mañana abandono mi sexo.
Al atardecer vuelvo
cuando me desnudo para entrar en la ducha.

Mi madre siempre dice que tengo los hombros de mi padre.
Con el vaho en el espejo el contorno es más ancho, más generoso.
Dibujo una línea recta con los dedos, con la mano la deshago.

En los ojos guardo la tristeza de las muñecas
que jugaron a ser hijas
y que mis padres acabaron regalando.
El agua fría me trae a mi cuerpo,
escondo el pene entre las piernas.

Mamá: ¿a quién me parezco?

“E io chi sono?” Ángelo Néstore.

Zéjel tercer número
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“El hormiguero” David Roldán

En la persistencia hay un sacrificio y en el sacrificio hay un goce y en el goce hay una disipación que requiere, austera, la mecánica de otra persistencia.
Rafael Courtoisie

A la orilla rocosa del acantilado
aprenden a jugar una jauría de niños.
Pequeños y vacíos, ruedan dejándose caer
en la acritud de los enterramientos, caminos y exilios.
Descalzos, ocres, de rodillas y orinando,
en la alborotada tierra,
descubren una civilización antigua,
laberíntica, de ayer o de cuando ellos nacieron.
Con sabiduría arqueológica,
urdiendo la hendidura fresca y roja,
sus dedos combaten las raíces de otros brotes
que habían encontrado a la misma mujer hacía tiempo.
Igual que el pensamiento,
fluyen ellos ya con los brazos perdidos.
En la distancia son solo cuerpos
al sol
tumbados.
Nadie sabe del hallazgo ni hacia dónde, lentos, los lleva.

“El hormiguero” David Roldán.

Zéjel tercer número
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“Raft, etc.” Alejandro Simón

No quiero llamar aún a este milagro de hoy
vago recuerdo; ni a este resistir, capacidad.

Quiero insistir en este día de enero
bajo este sol despistado que cierra
la jurisprudencia de lo humano.
Agradecer como agradece esa rama
que crece desde el cemento
creando una grieta de vida
donde sólo se esperaba grieta.

La ágil bendición de estar aquí sentado
tomando un café y leyendo a Alice Oswald,
después de comprar unos tomates recién cortados.

Y desde aquí aceptar todo lo que venga.

Celebrar el justo descalabro de todas las cortezas.
O recibir el riesgo tranquilo
de volver acompañado a casa,
y compartir estos tomates
con un poco de aceite,
y amanecer así con alguien
que no se arrepienta de nada,
que por la mañana sólo se acuerde
de los tomates gloriosos del día anterior,
del aceite carísimo que uso.

“Raft, etc.” Alejandro Simón.

Zéjel tercer número
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“Plano de la ciudad” Narciso Raffo

y el mar tuvo que llenar todo mi hueco
Juan Ramón Jiménez

La primera impresión que tuve fue la de estar en cualquier parte: en un centro irreconocible que sin embargo se me antojaba fastidiosamente familiar. La densidad reticular de las calles indecisas que en su fijeza centenaria tiemblan como hojas, la altura de los insolentes edificios que de alguna forma —y he de decir que con celebrado éxito— esconden en el interior de la ciudad algo que ya hace tiempo que olvidaron. A veces pienso que en lo más recóndito de ese centro está, como descansando en su hermoso nido, la nada, y que esta ciudad no es sino la reificación de cuanto temo y amo: la vida. Una vida que se vive en su bajeza, que se distrae a sí misma mientras pasa, que no es más que una sucesión de cáscaras. Como estas calles —que ahora sí— me llevan donde el mar, que no es certeza sino presagio, no horizonte sino hondura. Aunque hay otras veces que no me da por conformarme, y no me vale el laberinto, la relajada estética de los balcones. Y busco de nuevo aquello que me aterra, que a todas horas me llama, si no el vacío qué será: algo de una trascendencia insólita —como volver a verte, por ejemplo—, algo que debiera ser como un dios minúsculo a la espera de su origen. Entonces ya no hay cerca que te esconda, ya no hay muro que te guarde, y voy a dentelladas. A pura sangre me desgajo en los rincones. Por ti. Por ti. Pero de pronto caigo: me he acostumbrado a tus límites, a la inmanencia de tu ausencia, a trazar lazos de luz sobre las cosas, a este umbral a ciegas. Llegado ese momento deseo que el mar irrumpa con bravura, engullendo la ciudad, y así comience por descentrar los centros, buscando siempre dañar el daño; perder tu pérdida; esconder este escondite.

Alghero, abril de 2017.

“Plano de la ciudad” Narciso Raffo.