Editorial

En el último límite del invierno las flores del almendro cantan la canción del artista joven: sube, savia nuestra, más aprisa: ábrenos ahora que todavía es invierno. Así, cuando sea primavera por fin para todos parecerá que las demás han imitado el arte de nuestros pétalos.
RAFAEL CANSINOS-ASSÉNS

Sólo cabe la justicia poética ante los crímenes estéticos. Si bien es cierto que no existen veredictos o, si se prefiere, que el veredicto es el proceso en sí por el cual tratamos de emular el mundo hasta llegar a aquél. En cualquier caso la conclusión no habrá de ser jamás definitiva. Aquí, la tarea del poeta consistirá, como mínimo, en procurar que los «parches» que constituyen su obra no sean  igual de patéticos y fallidos que aquello que sentencia. Aclaración: que suceda lo peor no es síntoma de fracaso. Éste vino mucho antes, y ya estaba de alguna forma implícito en el recorrido.

«Sólo cabe la justicia poética…» Narciso Raffo Navarro.

Despertar es conjugar el mundo sobre el sueño,
tornar la carne enredadera,
hacer de las venas un cauce de flores,
todo para exprimir su savia en poema.

Y es de ese susurro de lo que todo surge.

Si mi sangre es veneno
………………………….mi rumor se origina
en la piedra caída de un estanque olvidado; respuesta de onda sobre onda.

Fabián Trigos Baena.

Supongo que la tarde es una caja
de sorpresas, de nubes encendidas
al rojo vivo, a punto de estallar
en la noche de lomo gris y oscura.
El musgo de los ídolos no piensa
que es pátina en la piedra a la que adoran
otros que se ahogarán bajo el agua estancada
que ya no corre al mar porque es el mar,
la placenta que el tiempo va formando
en torno a la cintura como lluvia
del que reza a los pies de las estatuas
en el nombre del padre o de los santos.
La luz de la mañana saja el vértice
de la montaña como un haz de plata.

«Luces» Valentín Navarro Viguera.

Todo poema recuerda alguna imagen.

Una canción que parte en dos la tarde
mientras duermes la siesta en el sofá.
Cualquier frase ingeniosa que despierte
una necesidad inesperada,
un estremecimiento adolescente.
Una postal mandada desde Roma
con las comas mal puestas.
La foto de tu exnovio en el salón.

Imágenes vulgares,
no necesariamente interesantes,
exentas de poesía,
sin demasiada fuerza narrativa.
Pero basta de nuevo con un fugaz
instante, una mirada rápida,
la inercia de la vida llevando tu cabeza
hacia el lugar exacto,
en el momento exacto,
y de repente el tiempo se detiene.
Y solo existe eso, esa imagen cualquiera,
esa escena trivial, ese fluir tan obvio
del recuerdo,
y de repente sabes
que no,
que el poema no puede
empezar
de otra forma.

«Ars poética» Rosa Berbel.

Eran las pequeñas cosas. Como el ajetreo silencioso y adormecido de entrada y salida a los baños, la cisterna a través de las paredes, los indeseables susurros de cortesía introductorios al intercambio. La sombra de las sábanas fugazmente proyectada sobre el pasillo en rápidos y negros espasmos; la abuela preparando la cama, perfecta. Y realmente eran las pequeñas cosas. Como el rostro de aquella niña pecosa del restaurante que abría mundos enteros con accidentales y malinterpretadas miradas, para luego desmoronarlos sobre el final de la velada y atarlos a los primeros sueños de la noche, prematuros a la incidencia del verdadero y necesario despilfarro. Luego la pequeña oscuridad, algunas conversaciones censuradas por puertas mal cerradas y paredes famélicas e inconsistentes, las últimas risas apropiadamente contenidas con mayor o menor éxito e igualmente tranquilizadoras. Finalmente la gran oscuridad, sin fronteras, sinfín de posibilidades. Siempre. Siempre eran las pequeñas cosas. La sobrecogedora fuerza del regreso, sin saber cuánto tiempo hemos estado ausentes, incapaces de adivinar remedio para lo que no ocurrió. Y así, el recuerdo y los proyectos vuelven a nosotros, apoyándose mutuamente para alcanzar la voluntad que bautice nuestro cuerpo con el aire del nuevo día.

Rafael Maya.

Un hombre desciende la colina en el borde de un paraguas
Deseo que haya luz suficiente para intuir el humo de otro idioma
Pero es blanco el perfume del niño que amé
Retengo la primera gota en la punta de la lengua como una forma de decirme adiós
Todos los árboles esperan un roce de pájaro una caricia oxidada
Todas las cruces serán verdes y nos dolerán en los ojos cuando ignoremos a quién
llevamos dentro
Y no es el tiempo que pasa, somos nosotros quienes vamos haciéndonos niebla
Eras el sueño hecho cuerpo en el quicio de una puerta oyéndome llorar
El amor no nos escoge con el dedo índice, sino con todos y cada uno de los dedos
Me senté a mirar por la ventana cómo avanzaba hacia mí el viaje más largo
He jugado y he vivido: tumor de la inmovilidad.

«El viaje más largo» Gema Palacios.

Ojalá mi vida fuera una carreta de bueyes […].
Yo no tendría que tener esperanza: sólo tendría que tener ruedas…
ALBERTO CAERIO

Sentado a la puerta de la casa, espero
el paso del repartidor de cartas sin más interés
que el de verle pasar y saludarle
y darle los buenos días y saber que todo sigue
en orden en esta mañana de otoño.
El sol brilla –porque abro los ojos y lo veo brillar–
y entiendo que todo sigue, de momento, su curso.

A veces las horas pasan despacio como un rebaño
de ovejas hambrientas y calladas. A veces,
como hoy, como esta mañana, no pasa nadie
y son las sombras las que marcan la vida,
las que ponen el límite entre lo que es real
y lo que va pasando por encima de mi cabeza.

Lo que el sol dice que soy contra la pared encalada,
lo que yo os digo que soy contra la página de luto,
lo que otros os dicen que soy contra todo pronóstico,
nada de eso es cierto pero es verdad
que todos –también yo– tenemos que construir
bulos, personajes, sombras y caretas.
La soledad a sangre fría no se cura con sombreros.

«Guardador de rebaños» Enrique García Bolaños.

Platero es un terpenoide semisólido, cristalino y ceroso, de penetrante olor.

Cuando lo llamo, acude impulsado por sus retromotores a chorro de gas propaxol excavado en los géiseres de Venus,

y quema los prados en su vuelo rasante, aniquilando las florecillas rosas, celestes y gualdas.

Sus ojos fluorescentes alumbran la noche como dos malsanas estrellas verdes, reconociendo los montes en busca de rebeldes mutantes que exterminar con sus cañones de plasma, sus balas guiadas por rastro de calor e inteligencia crítica.

Programado para perseguir cualquier indicio de humanismo, cualquier tropelía mística, lo dejo suelto y parte a incinerar libros de poesía, soñadores y heréticos veganos.

Fabricado en serie en los muelles orbitales de Daesong Industries & Weaponry, Platero es la perfecta máquina de odio-muerte, es la ausencia de vida, es la aleación pura y el puro fuego de altos hornos y ruedas de oruga quebrantahuesos.

Sumergido con su trotecillo alegre en la masacre, las placas de su fuselaje cubiertas de carne ojos y sesos desmenuzados, entre el zumbido de las sierras semi-automáticas y los cañones de púas, parece que se rie en no se qué cascabeleo ideal…

Todos, arrodillaos ante el poder terrible de Platero, suplicad por vuestras vidas miserables, no levantéis la mirada del suelo sepultado bajo los huesos de vuestros seres queridos.

Llorad, pues Platero desea vuestras lágrimas, desea vuestra sangre y vuestros primogénitos no-natos.

Rogad a vuestros dioses caídos, desterrados al polvo por la producción superior de Daesong Industries & Weaponry. Y larga no vida, y larga no vida a nuestros amos de Daesong Industries & Weaponry.

-Fin del comunicado. Sumisión inmediata, exigimos sumisión inmediata-.

«Platero» Antonio Sancho.

Las habitaciones de este hospital tienen dos camas ocupadas por dos seres./ La mayor parte del tiempo están acompañados por la luz de las bombillas de bajo consumo, por los carteles de NO FUMAR, de NO OCUPEN LOS PASILLOS, por la televisión en mute y por la cara de una virgen bajo la almohada. / Las habitaciones son salas donde manos con guantes tocan pieles desintegradas./ Las habitaciones ven morir a seis coma cuatro personas a la semana, ven llorar a catorce coma dos mujeres al día, oyen las quejas de la comida, oyen las quejas del dolor de las úlceras, huelen el olor putrefacto de las úlceras./ La habitaciones tienen paredes con colores claros, para reflejar el brillo apagado de las pupilas en dilatación./ Las habitaciones de este hospital escuchan siete come tres premoniciones cada día. Ocho coma tres oraciones al minuto y seis coma siete pensamientos de suicidio.
Las habitaciones de este hospital se vacían poco a poco./ Los médicos se marchan./ Los enfermeros se marchan./ Los celadores se marchan./ No hay palabra que pueda describir el silencio de la muerte./ Dios observa/ atento/ las expresiones de dolor/ las muecas /los rictus/ atiende a los profundos deseos  de los seres que duermen/ comen/ son curados y mueren en las camas sujetas a las paredes de estas salas.

«Habitaciones» Julia Pumarinho.

Hace años me levantaba con el sol
invitaba a los hombres al mundo &
los llevaba lo más lejos que llegaban sus barcos.

Por las noches, cuando yo oscurecía
me enroscaba en la comodidad de tus vaqueros
mientras tu mano tocaba la mía en el cine de la ciudad.

Nos quedábamos quietos, mientras yo resucitaba
en cada píxel de cada película
en cada tono acuoso en tus ojos.

Entonces, en un esplendor, tú te desteñiste
diciendo “nunca cambiarás”
diciendo “tú también me pones triste, a veces.”

Cuando era pequeño quería ser un camaleón
Real, cian, índigo, profundo, tranquilo y fresco
pero ahora sé
……………………….que lo único que seré es Azul.

«Del Color Azul» Julian Montijo.

(texto original)

Years ago I rose with the sun
invited men into the world &
carried them as far as their ships could sail

In the evenings, when I shaded to black
I curled in the comfort of your jeans
your hand in mine at the movies downtown

We watched, as I came back to life
in every pixel of every film
in every hue of water in your eyes

Then, like brilliance, you faded away
saying ‘you will never change’
saying ‘you make me sad sometimes, too.’

When I was little I wanted to be a chameleon
Royal, cyan, indigo, deep, calm and cool
but now I know
……………………….all I’ll ever be is Blue.

«From the Color Blue» Julian Montijo.

Ante todo, miente.
No hiciste lo que hiciste anoche.
Las clases van genial.
Tu vida va genial y tus amigos son increíbles.
Todavía soltero, pero no gay.
Todavía dispuesto a configurar sus iPhones.
Segundo, pregúntales algo aburrido.
¿Qué tal tus vacaciones en casa?
¿Qué título le darías a esa viñeta de The New Yorker del mes pasado?
¿Perdonarías a Snowden?
Pensarán que eres encantador y se irán por las ramas
mientras desconectas.
Piensa en el olor del servicio anoche
mientras te arrodillabas y presionabas el gatillo en The Tipsy Crow.
Piensa en tu C- en Álgebra Linear.
Piensa en cuánto
preferirías estar fuera con tus amigos.
Recuerda que ningún amigo te invitó a salir.
Ríete, definitivamente toca reírse.
Piensa en Charlie,
ese chico que conociste en Tinder
que te llevó a Taco Bell, y luego te pidió una paja.
Piensa en tus amigos que trabajan para Apple,
ganan seis cifras y se van de surf los fines de semana con sus jefes.
Finalmente, retírate cordialmente.
Tienes un proyecto enorme que terminar,
y entonces di que te alegras de haberlos visto.
Oh y gracias por la cena.
Conduce con cuidado para salir del parking.
Conduce a casa.

«Cómo Hablan los Adultos» Julian Montijo.

(texto original)

First and foremost, lie.
You did not do what you did last night.
School is great.
Your life is great and your friends are awesome.
Still single, but not gay.
Still willing to help set up their iPhones.
Second, ask them something boring.
How was your staycation?
What caption would you give last month’s New Yorker cartoon?
Would you pardon Snowden?
They’ll think you’re charming and go off
while your mind drifts.
Think about the smell of the bathroom last night
as you knelt down and pulled the trigger in The Tipsy Crow.
Think about your C- in Linear Algebra.
Think about how much
you’d rather be out with friends.
Remember that no friends invited you out.
Laugh, it’s definitely time to laugh.
Think about Charlie,
that guy you met on Tinder
who brought you to Taco Bell, then asked for a handjob.
Think about your friends who work for Apple,
make six figures and surf on the weekends with their bosses.
Lastly, excuse yourself politely.
You’ve got a huge assignment to finish,
then say you’re glad you saw them.
Oh and thanks for dinner.
Drive safely out the parking lot.
Drive home.

«How to Talk to Adults» Julian Montijo.

con un gran trapo en la boca parece tener
una mirada más potente
¿es eso cierto?
¿es sano que se vea esa vena verde?

«opera del rapto» Francesco Mª Tipaldi.

(texto original)

con un grosso panno nella bocca sembra avere
uno sguardo più potente
è vero?
è sano che si veda quella vena verde?

«opera del rapimento. Nuova poesia extraterrestre, Carteggi Leterrari, 2016.» Francesco Mª Tipaldi.

El monstruo sufría como Dios en la tierra

aleja de mí, poeta
este cáliz espantoso…

Lo metieron en un gran barreño
antes de dispararle.

Después el estruendo, el asco de la sangre entre los pelos.

¿Es que hay que elegir

entre el horror de estar en el mundo o aquel de abandonarlo?

«El mostruo sufría como un Dios en la tierra» Francesco Mª Tipaldi.

(texto original)

Il mostro soffriva come un Dio sulla terra

allontana poeta
da me questo calice tremendo…

Lo misero in una bacinella larga
prima di sparargli.

Poi il boato, lo schifo del sangue tra i capelli.

Bisogna preferire

l’orrore dello stare al mondo a quello di uscirne?

«Il mostro soffriva come un Dio sulla terra. Nuova poesia extraterrestre,
Carteggi Leterrari, 2016.» Francesco Mª Tipaldi.

Mi hijo me pregunta
qué miro en las montañas.
Su atracción es antigua.
Como el mundo, diría,
al menos para uno
que recuerda su imagen
remota en la memoria.
Mi pena es que dejara
muy pronto esos caminos
-las trochas, los senderos-
por laderas y cimas.
Tal vez por eso observo
con fundada nostalgia
sus perfiles azules
o sus cuerdas blanquísimas
o, por fin, esos verdes
que los bosques procuran.
Las mira uno pensando
que hay alguien allí arriba.
Un pastor con sus cabras,
un montañero, un guarda,
un cazador furtivo…
Da igual que nieve o no,
que haga calor o frío,
que no vea las cumbres
por culpa de la niebla.
Siempre imagino a alguien
que habita esos lugares
tan solos y en silencio.
Allí donde se roza
el misterio del cielo.

«Montaña» Álvaro Valverde.

Mi cuerpo
-ahora el espacio
que nos une- es una forma
de morder mandíbula
despacio
unos ojos que se enfrentan
a la mutación de la carne.

Buscar continuo
-otros espejos
en los que rompernos-
carne ofrecida
al alimento líquido
Destrozar el pavor
por otros agujeros
donde
toda claridad
es cemento
piedad indescifrable
No encontraré otro descenso (algún dique)
para la descomposición
de nosotros
y no sabrás recomponer
mi aliento
en el frío de la amapola.

«La tensión de mamá». Obra plástica y poema de Indalecio Iglesias.

Crítica de arte a la obra
“La tensión de mamá” de Indalecio Iglesias
por Raquel López Fernández.

Hubo un tiempo lejano en el que las artes plásticas solo tomaron parte de las musas cuando las sacaron del Parnaso, encarnándolas en mármol y terracota, en cal y pigmento. Cambió las tornas un ciego orfebre que se atrevió a forjar, a golpe de hexámetro, un escudo damasquinado en oro, plata, bronce y estaño, que perteneció al mismísimo Aquiles. Era entonces tiempo de héroes, de semidioses. Ahora, que hasta los humanos parecen estar en peligro de extinción, cuesta arrancarse con una ecfrasis.
Tampoco se arriesga con tan antiguo género Indalecio Iglesias (Sevilla, 1985), el autor de ambas obras reproducidas en estas páginas, pues la labor de sus versos –si es que esta existe– no es describir la imagen a la que hacen compañía. Acompañar que, además de hacer simultáneo, vuelve partícipe, es verbo generador de comparaciones y, pese a su fama de odiosas, las establecidas entre pintura y poesía si no tan antiguas, sí son coterráneas de las compañeras de Apolo y del poeta Homero. Tuvo, sin embargo, que hacer justicia un romano y sentenciar que “como la pintura así es la poesía”, Ut pictura poesis.
La unión originada por el tópico horaciano alcanzó sus máximas en Edad Moderna. El Renacimiento llenó de alegorías, metáforas y metonimias la pintura. La poesía dibujó bellas “Simonettas Vespucci”, “Galateas” rafaelescas y amenas arcadias bellinianas. Con el Barroco dominó el hipérbaton, el circunloquio y la elipsis. Al verso llegó el claro-oscuro, las “Magdalenas” de Reni, la voluptuosidad trémula de Rubens o las vanitas de Pantoja de la Cruz. Testigos, ambos períodos, de fervorosos resurgimientos religiosos, abundó en ellos el “Retrato de María”: Inmaculada, Señora o madre como la Virgen con el Niño que ocupa el centro de la composición. Aunque la “tensa” Madonna de nuestro artista no puede negar su filiación a la corriente más clasicista, se recicla como icono de la iglesia encabezada por el “Papa” André Breton. El papillon surrealista –símbolo de transformación– se posa, a modo de antifaz, sobre las mejillas de la santa para asomar unos “ojos que se enfrentan a la mutación de la carne”, a su resurrección. Y como ecos de lo que fue y será muerte, unas punzantes heridas rompen la equilibrada belleza de unos dedos que ya no sostienen el “Todo”, sino la parte. Cierto, carne. Unas nalgas femeninas alejadas de las que, infantiles, fueron castigadas ante la mirada indiferente de Paul Eluard, Max Ernst y el ya citado Breton. Cierto, mutación. Ya no la que supuso la victoria de Cristo, sí la de Samotracia. Paradójica Niké, perdedora ante la belleza del automóvil en una gara arbitrada por Marinetti despliega aquí sus alas junto a las de pájaros de acero y otros oscuros objetos de deseo de los futuristas.
Pero, a propósito de los vanguardistas ¿no fueron otros los reyes del collage? La técnica, de paternidad cubista, es adoptada por Indalecio en su vertiente más Dadá. Los artistas afines al movimiento expandido desde 1916 en el suizo Café Voltaire vieron en el uso del “corta y pega” un potente medio con el que expresar su rechazo a la sociedad contemporánea, caracterizada por un ingente incremento de la mecanización y de la violencia que azotaba a un mundo inmerso en la Gran Guerra. Así, instruido por el manual de Tristan Tzara “Para hacer un poema dadaísta”, el joven sevillano mete en la bolsa recortes de periódicos y revistas; fragmentos de estampas y grabados; fotografías y hasta una gráfica taquicárdica. Agitados y posteriormente extendidos sobre el cartón, desmontan con ironía Pop y, tal vez, destrozan “el pavor por otros agujeros” por los que se cuelan los ecos de otra Victoria, ahora sí militar, para la que las piedras de la imperial máquina escurialense fueron fondo ante el que erigir los diques del nacionalcatolicismo. Pastiche al que también asisten unas modestas lecciones de John Heartfield.
Como sea, Iglesias no se limita a la captación de un instante. Con ello contradice a los que abogaron por la separación del avenido matrimonio entre el arte poético y el pictórico. Mitad pintor, mitad poeta. Ut pictura poesis, ut poesis pictura. Como cualquier bisnieto posmoderno de Wagner, él es un unificador de ambas.
Con todo, conviene advertir que nada de lo dicho sobre estas líneas debe de ser tomado como verdad. Tan solo es la realidad de unos ojos que todo lo quieren ver, probablemente a punto de quedarse ciegos, ahogados por las palabras que tantas veces sobran, cuando lo que importa es lo que falta, lo que el tocayo de un gran poeta definió como “El resto”. Por eso, tomadas sus advertencias evitamos: servirles como adivinos que “cuentan […] de lo que han oído y de lo que han visto con nuevos ojos que son como los que tenían”. Asimismo, les trasladamos nuevamente a Grecia y les rogamos: ¡Vuélvanse epicúreos! ¡Gocen del mismo modo que ellos! Deléitense, como Ángel González, con el brillo… aquel producido “donde toda claridad/ es cemento/ piedad indescifrable”.

Raquel López Fernández.

Fragmento del libro
Claros del bosque.
María Zambrano
Cátedra, 2011.*

Antes de los tiempos conocidos, antes de que se alzaran las cordilleras de los tiempos históricos, hubo de extenderse un tiempo de plenitud que no daba lugar a la historia. Y si la vida no iba a dar a la historia, la palabra no iría tampoco a dar al lenguaje, a los ríos del lenguaje por fuerza ya diversos y aun divergentes. Antes de que el género humano comenzara su expansión sobre las tierras para luego ir en busca siempre de una tierra prometida, rememoración y reconstitución siempre precaria del lugar de plenitud perdido, las tierras buscadas, soñadas, reveladas como prometidas venían a ser engendradoras de historia, inicios de la cadena de una nueva historia. Antes. Antes, cuando las palabras no se proferían proyectadas desde la oquedad del que las lanza al espacio lleno o vacío de afuera; al exterior. Y así el que profería, el que ha seguido profiriendo sus palabras, las hace de una parte suyas, suyas y no de otros, suyas solamente, entendiendo o dando por entendido que quienes las reciben quedarán sometidos sin más. Ya que el exterior es el lugar de la gleba, de lo humano amorfo, materia dispuesta para ser conformada, configurada, y a la que se pide que siga así, gleba bajo la única voluntad de quien profiere las palabras materializadas también, ellas también materialización de un poder.
Antes de que tal uso de la palabra apareciera, de que ella misma, la palabra, fuese colonizada, habría sólo palabras sin lenguaje propiamente. Al ser humano le ha sido permitido, fatalmente, colonizarse a sí mismo; su ser y su haber. Y de haber sido esto el verdadero argumento de su vivir sobre la tierra, la palabra no le habría sido dada, confiada. El lenguaje no la necesita, como hoy bien se sabe de tantas maneras. Y así existirá la pluralidad de lenguajes dentro del mismo idioma, del lenguaje descendiente de la palabra primera con la que el hombre trataba en don de gracia y de verdad, la palabra verdadera sin opacidad y sin sombra, dada y recibida en el mismo instante, consumida sin desgaste; centella que se reencendía cada vez. Palabra, palabras no destinadas, como las palomas de después, al sacrificio de la comunicación, atravesando vacíos y dinteles, fronteras, palabras sin peso de comunicación alguna ni de notificación. Palabras de comunión.
Circularían estas palabras sin encontrar obstáculo, como al descuido. Y como todolo humano, aunque sea en la plenitud, ha de ser plural, no habría una sola palabra, habrían de ser varias, un enjambre de palabras que irán a reposarse juntas en la colmena del silencio, o en un nido solo, no lejos del silencio del hombre y a su alcance.
Y luego, ahora, estuvieron llegando y llegan todavía algunas de estas palabras del enjambre de la palabra inicial, nunca como eran, como son. Cada una, sin mengua de su ser, es también las demás, y ninguna es propiamente otra —no están separadas por la alteración—. y cada una es todas, toda la palabra. Y no pueden declinarse. Y lo que es completamente cierto es que no podrían nunca descender hasta el caso ablativo, porque en la plenitud, ni tan siquiera en la de este nuestro tiempo, no existen las circunstancias. Se borran las circunstancias en la más leve pálida presencia de la plenitud.
Aparecen con frecuencia las palabras de verdad por transparencia, una sola quizá bajo todo un hablar; se dibujan a veces en los vacíos de un texto —de donde la ilusión del uso del punto suspensivo y del no menos erróneo subrayado—. Y en los venturosos pasajes de la poesía y del pensamiento, aparecen inconfundiblemente entre las del uso, siendo igualmente usuales. Mas ellas saltan diáfanamente, promesa de un orden sin sintaxis, de una unidad sin síntesis, aboliendo todo el relacionar, rompiendo la concatenación a veces. Suspendidas, hacedoras de plenitud, aunque sea en un suspiro.
Mas se las conoce porque faltan sobre todo. Parecen que vayan a brotar del pasmo del inocente, del asombro; del amor y de sus aledaños, formas de amor ellas mismas. y es al amor al que siempre le faltan. Y por ello resaltan inconfundibles cuando en el amor se encuentra alguna; es única entonces, sola. Y por ello palabra de la soledad única del amor y de su gracia.
Si se las invoca llegan en enjambre, oscuras. y vale más dejarlas partir antes de que penetren en la garganta, y alguna en el pecho. Vale más quedarse sin palabra, como al inocente también le sucede cuando le acusan.
Cuando de pensamiento se trata, ellas, las palabras hacedoras de orden y de verdad, pueden estar ahí, casi a la vista, como un rebaño o hato de mansas ovejas, dóciles, mudas. Y hay que enmudecer entonces como ellas, respirando algo de su aliento, si lo han dejado al irse.
Y volver el pensamiento a aquellos lugares donde ellas, estas razones de verdad, entraron para quedarse en «orden y conexión» sin apenas decir palabra, borrando el usual decir, rescatando a la verdad de la muchedumbre de las razones.

*Claros del bosque de María Zambrano. Cátedra. Madrid, 2011. Págs. 193-195.

Martin Eden, Penguin Classics, United States, 1994. Jack London.

¿Acaso es que la sabiduría aparece en la tierra como un cuervo, al que un tenue olor a carroña lo entusiasma?…
-El problema de Sócrates-. El crepúsculo de los ídolos.
FRIEDRICH NIETZSCHE.

Martin Eden (1909) es la mejor advertencia que el joven del siglo XXI puede recibir de aquellos que vivieron en el XIX. Es la confesión más íntima y honesta que Jack London (1876-1916), podía dejar a la posteridad; y Martin, su personaje más complejo, acabado, autobiográfico, universal, eterno, atemporal y necesario de ser nombrado a los oídos de los jóvenes de todas las épocas.
Martin Eden es un marinero del San Francisco finisecular que, tras enamorarse de Ruth, una joven burguesa intelectual y estudiante de literatura en la Universidad de California – Berkeley, alimenta con una punzante obsesión el deseo de alcanzar una buena educación y cultura. Entonces Martin abandona el mar, corrige su manera de hablar, perfecciona su escritura y se inicia en la ardua y valiente tarea de ser escritor. Aunque incentivado por el mundo al que Ruth pertenece y su necesidad de sorprenderla, termina descubriendo el placer de la belleza por la belleza. Ignorante y feliz en su inocencia inicial, el conocimiento lo conduce a un estado de incómoda conciencia, de intenso dolor ante el peso del mundo, a una situación de derrota, melancolía y absoluta oscuridad. Martin es, en palabras de Andrew Sinclair, un auténtico Bildungsroman, un individuo que en su evolución de hombre primitivo a hombre sabio descubre la más profunda tristeza.
Al igual que los jóvenes poetas actuales, estaba hambriento de cultura, lectura, escritura, manuscritos en mano y fama, sin tener apenas tiempo para degustar con las manos y ojos los libros e ideas que el mundo le ofrecía. Había que trabajar. Había que volver al mar. Los periódicos no publicaban las que consideraba sus mejores obras. Pero el mar quedaba demasiado lejos. Había que trabajar, sí, trabajar en cualquier otra cosa, ¡en una lavandería!, y leer, leer de madrugada y luego levantar de la dura tabla que era la cama para planchar la blancura del traje del prójimo. Había que comer. Había hambre.
Narra London también el quehacer, destino y lastre de muchos escritores actuales: ante la necesidad de obtener dinero y de ser ligeramente conocido, Martin optará por escribir bromas sencillas y vacías para los suplementos de los periódicos: it’s not art, but it’s a dollar, diría Martin; It may be a dollar […] but it is a jester’s dollar, the fee of a clown, diría Ruth con la tristeza propia del que observa al que se deja llevar por aquella marea inevitable.
Martin Eden demuestra la más bella intimidad del ser humano que ama la cultura y belleza universal: el fetichismo de verse rodeado de libros, tocarlos, hojearlos y quitarles el polvo, verse con la boca llena de ideas en una charla en público… Uno queda absorbido por el cultivo y culto a uno mismo. Y es que el aquí bien retratado sentido individualista del capitalismo estadounidense floreciente a inicios del XX, sigue perviviendo entre nosotros hoy: seguimos siendo esclavos de la exigencia de tener que elevarnos constantemente. No hay libertad posible.
Pero Martin Eden también trae otra verdad universal: el impulso de cultivarse a uno mismo por amor. Por impresionar, por llenar y llegar al otro. Mientras tanto, Ruth generará el paternalismo propio del que admira a su hijo dar los primeros pasos. Aunque los deseos de ser publicado y conocido lo arrastrarían a una lucha constante con las altas esferas corrompidas y estancadas del mundo editorial, el joven Eden, sobre todo, ansía dejarse caer en los brazos de la belleza y ser mecido ante la atenta mirada de Ruth. Esta intimidad juvenil, este anhelo de un muchacho de veintiún años, trasciende a día de hoy y nos habla de nosotros mismos: sólo una mujer o un hombre al que amar y la poesía en el celaje…
Martin Eden no obtuvo el recibimiento esperado entre sus contemporáneos, y es que la había escrito para las generaciones venideras, no para la suya propia. Resulta extraño, incluso, que no esté completamente olvidado en la actualidad: London ridiculiza el esfuerzo y trabajo diario, que no llevan más que a la derrota de uno mismo. Y sin embargo, ahora que el capitalismo y el individualismo más perfecto triunfan, Martin sigue alzándose para muchos entusiastas: en él encuentran cobijo a su soledad. Pocos perciben la verdadera intención de London: ¡Martin fue una víctima del mundo que se aproximaba, de los aires de grandeza, de la belleza por la belleza, que hoy no alimenta ni llenará nuestros estómagos!
London construye así el perfecto retrato del individuo contemporáneo del siglo XX: el futuro héroe nietzscheano. Por eso, aunque normalmente cercano a los valores progresistas de la época, el escritor californiano recibiría duras críticas de los sectores de izquierdas. Pero, en realidad, no construye un nuevo ídolo, sino que en Martin se percibe una caricatura de la ambición humana. Somos lo que nos han dicho que debemos ser.
Que no debemos seguir este camino, dice. Pero aun acabando la última página de la novela, uno siente las fuertes ansias de escribir y dominar el mundo. Martin contagia y atrapa pese a que London advierta y diga “cuidaos y que el amor por la belleza no os lleve”. Lo que London nunca dijo fue que Martin era él mismo, y que nunca pudo escapar de la inevitable hambre que también nos llevará a nosotros.

David Roldán Eugenio.