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“Mecánica de fluidos o la edad metabólica” Luis Chaves

La paradoja de los
años que pasan volando
aunque cada día dura una eternidad.


Noviembre se apaga y
se incendian los árboles
en el fuego verde del verano.

Como en la hora difícil para
los del pabellón de detox,
cada propósito del Año Nuevo
depende del azar.

La ansiedad y los líquidos:
imposibles de comprimir.
Aunque la bolsa inflada por el viento
aquella tarde colegial,
el trayecto del último bus a Barva
cada noche de los 15 a los 22,
y la foto donde se confunde
el antes y el después.

Hoy, damas y caballeros,
trasplanté geranios.
Los dedos entraron y
salieron de la tierra suelta
y no pensé en la progresión
geométrica de los años
ni en la rehabilitación
ni en ninguna otra cosa.
El ruido de la provincia
llegaba en delay,
debajo del agua,
y si algo se fermentaba
en la mente en blanco
es muy temprano para saberlo.

“Mecánica de fluidos o la edad metabólica” Luis Chaves.

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“Los años” Luis Chaves

También en una misma temporada
conviven las semanas medidas
por las cajitas del pastillero
o, en una calle de barrio,
el hueco tapado con un coche de bebé.


O el sabor a trébol de tardes enteras
y, en el antebrazo,
las marcas a presión de chapitas
de gaseosa.

Es una misma sustancia:
la de los fuegos artificiales
y la de lo que se petrifica
al fondo del congelador.

“Los años” Luis Chaves.

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“Mientras tanto, prácticamente olvidade en el fondo del patio, crecía el romeo sembrado en una lata grande de avena quaker” Luis Chaves

Ya casi sonaba la campana
del colegio al que todavía no
asistíamos, faltaban los divorcios,
la crisis del petróleo
y King Kong en la marquesina
del cine Caribe.
Algo sin nombre, algo que no
pronunciábamos ni adquiría forma
alguna en la mente o pensamiento
pero estaba ahí,
y tirados al lado del tronco del cas
era como si la escritura de la fila
de hormigas cambiara de dirección
o llegara de pronto un banderazo
de romero o ruda
o desenterráramos por azar un
soldado o pieza de Lego
que creíamos perdida.
Así sucedía, ya casi se activaba el campanazo
ajeno que para nosotros marcaba
una clausura o desenlace o tal vez un relevo
al que miraríamos alejarse
hacia donde no nos correspondía llegar.
Eso sentíamos apenas
antes de la campana inminente
y algo entendían los animales
porque salían de la casa y entraban
al patio, con el hocico bajo el perro
y un rodeo milenario la gata,
para acompañarnos, para estar cerca
de aquello sin nombre ni entonces
ni ahora, aquello que nos envolvía justo
antes del timbre del colegio vecino,
eso que nos cubría y/o nos atravesaba
cuando estaba por sobrevenir.
Todo esto sucedía cada tarde
más o menos de los
cinco a los siete años.
La abuela, adentro, doblada sobre
el mueble de la máquina de coser como
una bióloga sobre el microscopio,
los ciempiés y otros bichos en la humedad
oscura debajo de las macetas
y los colegiales que apuraban
mentalmente la cuenta regresiva.
Todo esto pasaba cada tarde
exactamente así pero en primera
persona del singular.

“Mientras tanto, prácticamente olvidade en el fondo del patio, crecía el romeo sembrado en una lata grande de avena quakerLuis Chaves.

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“Ayer y hoy del kiwi” Mercedes Cebrián

Yo era una niña el día que desembarcaron
los kiwis en España. Yo era una niña española y ellos en cambio
eran calvos y verdes, cansados por el viaje desde Nueva Zelanda.
¡Qué emoción recordar ese día! ¡Qué emoción su textura peluda!

Probablemente llegaron en un contenedor
de ocho pies por cuarenta al puerto de Algeciras,
Barcelona o Bilbao
(tenemos tantos puertos en los que recibir
especies de otros mundos)
¿Cómo hicieron para evitar los golpes
durante el largo viaje?
Los primeros, recuerdo, estaban siempre duros, y por lo tanto
ácidos. Eran inmadurables, eran como yo ahora.
Para anunciarlos, ampliaban la foto de uno de ellos
partido a la mitad. De un verde extraordinario
y con esas semillas color negro: comérselo requería valor.
(Dicen que hay una foto de Nikita Krushev comiendo un
kiwi en una recepción en los años cincuenta. No he podido encontrarla)

No olvidemos que el kiwi, además de una fruta
es el nombre de un pájaro. Recordemos también que ningún animal
sonríe a los humanos con ganas de intimar.
A ver si sois capaces de leer bien sus gestos: la mueca
de ese chimpancé al descubrir la encía
es su preparación para el ataque.

Mientras tanto, los inmigrantes
que llegaron a España desde Pakistán el mismo día que el kiwi
acordaron bajarle el picante a todas sus recetas
y lograr que pasasen por platos de la India.

Tres décadas después, el curry nos parece
un plato regional y hay kiwis españoles
que nacen aquí mismo, bajo plásticos sucios
quemados por el célebre sol de Andalucía.
El kiwi ahora nos da igual, el kiwi
está devaluado. Tuvieron que inventar uno más dulce
llamado kiwi Gold y asi reconducir nuestro deseo
de nuevo hacia su pulpa.

“Ayer y hoy del kiwi” Mercedes Cebrián.

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“Derecho a la información” Mercedes Cebrián

En virtud del artículo 20 de la Constitución del 78
no han de ocultarnos lo que sucede
a nuestro alrededor y sin embargo yo sólo puedo
intuir, mirar por la mirilla desde fuera,
pensar que quizá sí o quizá no,
sumar las pistas, honrarlas como añicos
de una vasija griega, exhumar
los rasgos de esa cara con la que me topé
en plena excavación.
El testimonio oral me ayudaría tanto
a la reconstrucción, porque no creo en los cuerpos
sino en su parloteo, en el dispositivo que produce la charla.
Alguien me dijo un día: “no te vuelvo a contar nada
porque después te acuerdas
de lo que te conté”.
Pensé que eso era bueno y resultó
que no. “Es como si un análisis de sangre,
de tan exagerado, se hubiese convertido
en transfusión”. Esa fue su respuesta.
La explicación no se parece en nada al tenedor
que pedimos al ver unos palillos en la mesa.
Si finalmente llega, el asunto es más bien
qué hacer con todo eso. La información la imagino
caliente y en la mano, como esos polluelos
que se caen por error del nido tras nacer. Si son
puro temblor, si son muy feos. Me recuerdan a mí,
con el pico muy abierto
en busca de algo más.

“Derecho a la información” Mercedes Cebrián.

* Malgastar, La Bella Varsovia, Granada, 2016.

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“Il est bel et bon” Mercedes Cebrián

 Il est bel et bon, commère, mon mari. (…)
Il ne me courrouce, ne me bat aussi.
Il fait le mènage, il donne aux poulets,
et je prends mon plaisir.
Pierre Passereau, S. XVI

En esta cantimplora que acarreo
llevo un marido líquido: no lo bebo a sorbitos
para entrar en calor, sino que lo transporto, lo observo
y lo mantengo intacto. No se lo ofrezco a otros para que se reanimen,
como sin duda haría un perro San Bernardo.
Tampoco él me acaricia, porque es líquido,
pero como las manos que me dan por la calle
resultan ser de cera y fundirse al momento,
es lógico pensar: “la que pertenecía a mi marido líquido
está en la cantimplora, derretida”.
La agito y algo suena: es la alianza,
que aún no la vendí.
Se desperdiga el marido por toda la botella de aluminio
en el furor de un baile sin trabas ni ataduras.
Ya no lo reconozco. Ni siquiera me habla,
pero hace compañía porque pesa
y otorga contenido al recipiente. Es el tapón de rosca
el modo más fiable
de asegurar su presencia en mi vida.
Mientras tanto, cansada de ser Calipso para otros,
ya no prometo la inmortalidad
a cualquiera que se acerque a besarme.
Antes bien les ofrezco listones de madera
para construir su balsa.
Salid a navegar, sed vuestro propio
océano, vuestro propio vaivén.

“Il est bel et bon” Mercedes Cebrián.

* Malgastar, La Bella Varsovia, Granada, 2016.

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“Un asteroide” Antonio Rivero Taravillo

Un asteroide
se aproxima a la Tierra, casi roza
su atmósfera a quinientos
millones de kilómetros.
Cada cual seguirá más tarde
su rumbo, su derrota, su camino
hasta volver luego a cruzarse
después de otros quinientos años más.
Así nosotros,
en nuestras vidas breves
y más cercanas,
sin llegar a tocarnos nos rozamos
evitando tal vez una catástrofe;
con la ventaja
de órbitas que, malos presidiarios,
ya nunca volverán a reincidir.

“Un asteroide” Antonio Rivero Taravillo.

Zéjel tercer número
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“En el borde” Piedad Bonnett

Lo terrible es el borde, no el abismo.
En el borde
hay un ángel de luz del lado izquierdo,
un largo río oscuro del derecho
y un estruendo de trenes que abandonan los rieles
y van hacia el silencio.
Todo
cuanto tiembla en el borde es nacimiento.
Y sólo desde el borde se ve la luz primera
el blanco -blanco
que nos crece en el pecho.
Nunca somos más hombres
que cuando el borde quema nuestras plantas desnudas.
Nunca estamos más solos.
Nunca somos más huérfanos.

“En el borde” Piedad Bonnett.

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“Montaña” Álvaro Valverde

Mi hijo me pregunta
qué miro en las montañas.
Su atracción es antigua.
Como el mundo, diría,
al menos para uno
que recuerda su imagen
remota en la memoria.
Mi pena es que dejara
muy pronto esos caminos
-las trochas, los senderos-
por laderas y cimas.
Tal vez por eso observo
con fundada nostalgia
sus perfiles azules
o sus cuerdas blanquísimas
o, por fin, esos verdes
que los bosques procuran.
Las mira uno pensando
que hay alguien allí arriba.
Un pastor con sus cabras,
un montañero, un guarda,
un cazador furtivo…
Da igual que nieve o no,
que haga calor o frío,
que no vea las cumbres
por culpa de la niebla.
Siempre imagino a alguien
que habita esos lugares
tan solos y en silencio.
Allí donde se roza
el misterio del cielo.

“Montaña” Álvaro Valverde.