Te pusiste verde como esas piscinas municipales pasado el verano
y tus quebradizos brazos de cerilla ya no se encendían,
y mira que frotaba tu piel con presión de masajista hasta que ardiera.
Rechazabas las mantas, taparte te resultaba tan antinatural como en las noches de estío.
Me conciencio de que nunca volveré a ver las marcas de los calcetines por encima de tu tobillo,
pasar mis uñas largas y provocar esa musiquilla entre sus surcos
como si la epidermis estuviera animada, se delatara y diera un concierto privado;
ahora ya muerta podría rasparla, quitarle las capas punzantes a la alcachofa,
en busca de color o de algún líquido vital con el trabajo del zahorí,
pero eres tierra yerma que ha agotado la posibilidad del reposo,
un planeta abandonado por sus antiguos habitantes.
¿Y cuando eras tan minúscula que te colocaba a modo de sombrerito la flor de la clomala?
Me conciencio. Leías con el dedo índice siguiendo las líneas como leen los niños;
y ahora yo, frente a tu cuerpo, yo y alguien que miraba desde fuera, con el dedo índice
y el pulgar, el anular y el corazón lo recorría, quería leer, atisbar una glosa
en los márgenes que me dijera, destinada para mí, que habías sido feliz
no sé, a caballito sobre los hombros de tu padre o aquella noche en que asaltaste
los lácteos de la despensa y por la mañana tu habitación olía a pedos de leche.
El cuerpo no está desnudo hasta que no se toca.
Arrastré fuerte las huellas por tus labios como queriendo subrayar una sonrisa,
tocando en el inferior el punto exacto donde te lo rompiste al caer del árbol
por no obedecer, aunque antes de que pudiera regañarte me juraste por los benditos
que la gravedad había sufrido un fallo, y traté de convencerte de las vías inescrutables
de la física, y tú te mantenías firme en ese candoroso problema de la inducción;
un aviso para futuros navegantes, como quien abre el manual escolar de un antiguo estudiante
de matrícula y así sabe lo que hay que conocer en un solo golpe de vista.
No olvides jugar suave y no hacerte sangre en la frente. Los juegos infantiles y la sangre…
¿Recuerdas, amore mío, cómo caías en el sueño, entre mis brazos, con esta canción de cuna?
hay en la luna un sol ardiente,
hay en el sol, para las noches, una luna
o una linterna…

*Texto incluido en Óscar Díaz, Limosna para casar doncellas huérfanas, Maclein y Parker, 2024.

Óscar Díaz.

Al llegar a la ciudad no encontró nada. No había calles ni brazos de luz. Sólo el océano se escuchaba como un descanso extraordinario en la mente de los hombres. La familiaridad del agua traía la tierra mezclada y perdida de los viejos romanos y la América diamantina. De la cornisa del mar pendía un puerto distraído por el grito único de los marineros y mercaderes. Los últimos, decían, comerciaban con la palabra lenta. Discutían su origen, si provenía de la cárcel cervantina o de la soledad de Tucumán, si antes había sido grabada en las joyas de los banqueros toledanos o traída por los los tartésides, visigodos, los gauchos o Cortázar. Ni las perspectivas mágicas de Torres-García ni el orden de los siglos adivinaban el extraño origen. Había nacido, ella misma, en dos ocasiones, en dos lugares distintos. Su patria era el viaje eterno hacia la otra casa caliente que la recordaba.

«Al llegar a la ciudad…» David Roldán.

Una llave de hielo, la palabra
mío anunciando su desorden,
su estrategia sin mí.
Se derrite
la cerradura, y estás fuera.

Y dentro nunca hubo nadie.

 

«Una llave de hielo, la palabra» Raúl Quinto.

es primero en la tarde asfixiante, el fin de la alegría
un día, tal como este, una sonrisa,
un pita en el mejor griego de la ciudad,
junto a mí un sol, un sol distinto
uno mucho más bello del que luce hoy,
una melodía, un tirabuzón en un cabello negro,
una caricia, una peli de esas raras,
la muerte encarnada
y a su vez, un tiempo, un tiempo que se repite,
uno más entre otros tantos

«Eternas verdades del primero de junio» Rubén Carrera.

Primero hubo que soñar
y no fue fácil.

Ahora hay que tomar la
realidad entre las manos
acariciarla y creer en ella.
Confiar en un pequeño pájaro
recién salido de sí.

«Un pequeño pájaro» Irene Torra.

Por la mañana abandono mi sexo.
Al atardecer vuelvo
cuando me desnudo para entrar en la ducha.

Mi madre siempre dice que tengo los hombros de mi padre.
Con el vaho en el espejo el contorno es más ancho, más generoso.
Dibujo una línea recta con los dedos, con la mano la deshago.

En los ojos guardo la tristeza de las muñecas
que jugaron a ser hijas
y que mis padres acabaron regalando.
El agua fría me trae a mi cuerpo,
escondo el pene entre las piernas.

Mamá: ¿a quién me parezco?

«E io chi sono?» Ángelo Néstore.

En la persistencia hay un sacrificio y en el sacrificio hay un goce y en el goce hay una disipación que requiere, austera, la mecánica de otra persistencia.
Rafael Courtoisie

A la orilla rocosa del acantilado
aprenden a jugar una jauría de niños.
Pequeños y vacíos, ruedan dejándose caer
en la acritud de los enterramientos, caminos y exilios.
Descalzos, ocres, de rodillas y orinando,
en la alborotada tierra,
descubren una civilización antigua,
laberíntica, de ayer o de cuando ellos nacieron.
Con sabiduría arqueológica,
urdiendo la hendidura fresca y roja,
sus dedos combaten las raíces de otros brotes
que habían encontrado a la misma mujer hacía tiempo.
Igual que el pensamiento,
fluyen ellos ya con los brazos perdidos.
En la distancia son solo cuerpos
al sol
tumbados.
Nadie sabe del hallazgo ni hacia dónde, lentos, los lleva.

«El hormiguero» David Roldán.

Reposa en lo amarillo de las sábanas
en una calma arrugada
tenue y estable
fiel a su yacija
que a ratos agrada
a ratos apesta.

«Reposa en lo amarillo de las sábanas» Maria Pina Fersini.

No quiero llamar aún a este milagro de hoy
vago recuerdo; ni a este resistir, capacidad.

Quiero insistir en este día de enero
bajo este sol despistado que cierra
la jurisprudencia de lo humano.
Agradecer como agradece esa rama
que crece desde el cemento
creando una grieta de vida
donde sólo se esperaba grieta.

La ágil bendición de estar aquí sentado
tomando un café y leyendo a Alice Oswald,
después de comprar unos tomates recién cortados.

Y desde aquí aceptar todo lo que venga.

Celebrar el justo descalabro de todas las cortezas.
O recibir el riesgo tranquilo
de volver acompañado a casa,
y compartir estos tomates
con un poco de aceite,
y amanecer así con alguien
que no se arrepienta de nada,
que por la mañana sólo se acuerde
de los tomates gloriosos del día anterior,
del aceite carísimo que uso.

«Raft, etc.» Alejandro Simón.

He querido buscarme
como un topo que se enrosca a una entraña
y escuchar y oler por dentro
del mismo modo que los hombres
He querido perseguir
el hueco
fosilizarme en la raíz
palpar
en el ombligo
la cicatriz primera del alma.

«He querido buscarme» Yasmín C. Moreno.