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“Ayer y hoy del kiwi” Mercedes Cebrián

Yo era una niña el día que desembarcaron
los kiwis en España. Yo era una niña española y ellos en cambio
eran calvos y verdes, cansados por el viaje desde Nueva Zelanda.
¡Qué emoción recordar ese día! ¡Qué emoción su textura peluda!

Probablemente llegaron en un contenedor
de ocho pies por cuarenta al puerto de Algeciras,
Barcelona o Bilbao
(tenemos tantos puertos en los que recibir
especies de otros mundos)
¿Cómo hicieron para evitar los golpes
durante el largo viaje?
Los primeros, recuerdo, estaban siempre duros, y por lo tanto
ácidos. Eran inmadurables, eran como yo ahora.
Para anunciarlos, ampliaban la foto de uno de ellos
partido a la mitad. De un verde extraordinario
y con esas semillas color negro: comérselo requería valor.
(Dicen que hay una foto de Nikita Krushev comiendo un
kiwi en una recepción en los años cincuenta. No he podido encontrarla)

No olvidemos que el kiwi, además de una fruta
es el nombre de un pájaro. Recordemos también que ningún animal
sonríe a los humanos con ganas de intimar.
A ver si sois capaces de leer bien sus gestos: la mueca
de ese chimpancé al descubrir la encía
es su preparación para el ataque.

Mientras tanto, los inmigrantes
que llegaron a España desde Pakistán el mismo día que el kiwi
acordaron bajarle el picante a todas sus recetas
y lograr que pasasen por platos de la India.

Tres décadas después, el curry nos parece
un plato regional y hay kiwis españoles
que nacen aquí mismo, bajo plásticos sucios
quemados por el célebre sol de Andalucía.
El kiwi ahora nos da igual, el kiwi
está devaluado. Tuvieron que inventar uno más dulce
llamado kiwi Gold y asi reconducir nuestro deseo
de nuevo hacia su pulpa.

“Ayer y hoy del kiwi” Mercedes Cebrián.

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“Derecho a la información” Mercedes Cebrián

En virtud del artículo 20 de la Constitución del 78
no han de ocultarnos lo que sucede
a nuestro alrededor y sin embargo yo sólo puedo
intuir, mirar por la mirilla desde fuera,
pensar que quizá sí o quizá no,
sumar las pistas, honrarlas como añicos
de una vasija griega, exhumar
los rasgos de esa cara con la que me topé
en plena excavación.
El testimonio oral me ayudaría tanto
a la reconstrucción, porque no creo en los cuerpos
sino en su parloteo, en el dispositivo que produce la charla.
Alguien me dijo un día: “no te vuelvo a contar nada
porque después te acuerdas
de lo que te conté”.
Pensé que eso era bueno y resultó
que no. “Es como si un análisis de sangre,
de tan exagerado, se hubiese convertido
en transfusión”. Esa fue su respuesta.
La explicación no se parece en nada al tenedor
que pedimos al ver unos palillos en la mesa.
Si finalmente llega, el asunto es más bien
qué hacer con todo eso. La información la imagino
caliente y en la mano, como esos polluelos
que se caen por error del nido tras nacer. Si son
puro temblor, si son muy feos. Me recuerdan a mí,
con el pico muy abierto
en busca de algo más.

“Derecho a la información” Mercedes Cebrián.

* Malgastar, La Bella Varsovia, Granada, 2016.

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“Il est bel et bon” Mercedes Cebrián

 Il est bel et bon, commère, mon mari. (…)
Il ne me courrouce, ne me bat aussi.
Il fait le mènage, il donne aux poulets,
et je prends mon plaisir.
Pierre Passereau, S. XVI

En esta cantimplora que acarreo
llevo un marido líquido: no lo bebo a sorbitos
para entrar en calor, sino que lo transporto, lo observo
y lo mantengo intacto. No se lo ofrezco a otros para que se reanimen,
como sin duda haría un perro San Bernardo.
Tampoco él me acaricia, porque es líquido,
pero como las manos que me dan por la calle
resultan ser de cera y fundirse al momento,
es lógico pensar: “la que pertenecía a mi marido líquido
está en la cantimplora, derretida”.
La agito y algo suena: es la alianza,
que aún no la vendí.
Se desperdiga el marido por toda la botella de aluminio
en el furor de un baile sin trabas ni ataduras.
Ya no lo reconozco. Ni siquiera me habla,
pero hace compañía porque pesa
y otorga contenido al recipiente. Es el tapón de rosca
el modo más fiable
de asegurar su presencia en mi vida.
Mientras tanto, cansada de ser Calipso para otros,
ya no prometo la inmortalidad
a cualquiera que se acerque a besarme.
Antes bien les ofrezco listones de madera
para construir su balsa.
Salid a navegar, sed vuestro propio
océano, vuestro propio vaivén.

“Il est bel et bon” Mercedes Cebrián.

* Malgastar, La Bella Varsovia, Granada, 2016.

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