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“Detrás de las puertas, siempre antes de cada jornada” Luca Minola

Detrás de las puertas, siempre antes
de cada jornada, apenas un latido.
Habitaciones profundas donde entrar,
estancias de color.
Contener un respiro será fácil
e increible, manchará la leche de oscuridad.
Manos más cercanas: luces posibles, cuadros.
Calles inconclusas, dirás,
casas privadas de su fuego.

“Detrás de las puertas, siempre antes de cada jornada” Luca Minola.

(Texto original)

Dietro le porte, prima di ogni giornata
sempre, appena un battito.
Stanze profonde dove entrare,
soste di colore.
Trattenere un respiro sarà facile
e incredibile, sporcherà il latte di buio.
Mani più vicine: luci possibili, dipinti.
Strade inconcluse dirai,
case private del loro fuoco.

“Dietro le porte, prima di ogni giornata” Luca Minola.

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“Un asteroide” Antonio Rivero Taravillo

Un asteroide
se aproxima a la Tierra, casi roza
su atmósfera a quinientos
millones de kilómetros.
Cada cual seguirá más tarde
su rumbo, su derrota, su camino
hasta volver luego a cruzarse
después de otros quinientos años más.
Así nosotros,
en nuestras vidas breves
y más cercanas,
sin llegar a tocarnos nos rozamos
evitando tal vez una catástrofe;
con la ventaja
de órbitas que, malos presidiarios,
ya nunca volverán a reincidir.

“Un asteroide” Antonio Rivero Taravillo.

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Obra “Pelea de gallos” de David Oliveira

Pelea de Gallos - David Oliveira

 

Crítica de arte
“Pelea de Gallos” de David Oliveira
por David Roldán Eugenio.

El Mediterráneo se recuesta sobre una pelea de gallos. El Mediterráneo no es geografía, es relato de dos perros ladrándose, del duelo a garrotazos, las bodas de sangre o los romanos y sabinos. En la pelea de gallos acontece el mundo y la historia del hombre, se consume el paisaje encendido de la granja y la taberna. Pero David Oliveira (1980) no impuso el gallo sobre otros tantos animales. El gallo lo impuso la pertenencia a una tierra y a una historia. Ha habido gallos derrotados, gallos de bodegón como el de Gabriël Metsu, y sin embargo, con el gallo Oliveira no participa en la quietud, sino en la guerra y el abrazo, en la necesidad animal y humana de derrotar, en el retrato del contrapunto entre el victorioso que realza el vuelo y el que, aún sin saberse derrotado, se deja caer.
Tras la majestuosidad y exotismo de otros animales, las ramas quebradas creciendo en los estucos de los palacios y las anatomías kokoschkianas, Oliveira trae el cainismo decorativo propio de la pintura costumbrista. En la pelea de gallos, Oliveira establece el lugar de encuentro entre la modernidad escultórica y la tradición de la pintura de género (la cotidianeidad de Pieter Brueghel el Viejo o de las miniaturas medievales de los Hermanos Limbourg). En la batalla a pleno vuelo se anuncia el norte y el sur, los temas del pasado y las técnicas del presente, las vanguardias ya lejanas y los nuevos materiales y perspectivas. Quizás Oliveira recuerde los anecdóticos detalles de las representaciones de la Arcadia Feliz, los corrales del norte y del sur, la orilla sucia de los ríos que visitan la ciudad. Los animales de Oliveira son cómplices de épocas y relatos pasados, figuras atemporales de evasión y conciliación. Son animales nuevos, vistos por vez primera, aunque familiares en los patios holandeses de Pieter de Hooch.
Uno camina en torno a estos gallos y no percibe cuerpos suspendidos quebrando los márgenes escultóricos, sino pintura inaugurando su independencia del soporte. En la frondosidad del alambre, en este buqué de plumas, el color mediterráneo se impone sobre cualquier percepción escultórica. Hay dibujo: el trazo expresionista marcando el aire al modo de Kokoscha. Y hay, ante todo, luz. Hay luminismo y reminiscencias de los corrales de Beruete, hay materia lumínica entre los hilos de alambre. Hay escultura resurgiendo entre las plumas deshilachadas y el vacío de los cuerpos. Oliveira inicia una nueva escultura conceptual figurativa: es la interactuación con el individuo, su paseo y las variables perspectivas y luces, las que inician la performance de esta pelea de gallos. Es el encuentro entre la luz y el vacío, el vacío y la sombra, los huecos y la mirada, los que hacen de esta una escultura. Aún en el terreno de lo figurativo, Oliveria redunda en uno de los principios del arte actual: no existen formas, estilos, técnicas, soportes impermeables. Estos gallos nacen del lápiz y de la negación de la materia sólida. El motivo del gallo no habla de nada nuevo y desconocido, pero quizás Oliveira ha inaugurado el lenguaje más preciso para la supervivencia de los viejos temas en esta interminable era de la posmodernidad.

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“Las flores homicidas” Marina Rosado Andrades

Henry David Thoreau decía que en la naturaleza “hay un fuego subterráneo y somnoliento que nunca se extingue, y que ningún frío puede helar”. La naturaleza es sabia y la prueba la tenemos en los pocos periódicos que necesita leer para hacerse la tonta.
Marina Rosado Andrades (Algeciras, 1989) ha carnalizado el fuego y la sabiduría en un viaje hacia la muerte entendida como génesis, como estadio natural correlativo a la vida. Un libro escrito a raíz –nunca mejor dicho– de la muerte. Con una introducción explícita que suena a choque de baquetas, nos adentramos en la brevísima canción que encontraremos a través de los veinticuatro poemas de Las flores homicidas (Ediciones En Huida, 2017): “Esta es la historia de un descenso hacia la raíz”.
Dice Stewart Mundini en el prólogo que este poemario va, en definitiva, sobre tocar el fondo, a través de los contrastes, el duelo, las imágenes y los olores. A ese brillante comentario debemos añadir la naturaleza. Porque Las flores homicidas es una invasión de lo natural. En último grado, este poemario es el acontecimiento imposible de medir, “así es como se estiran las raíces por toda la tierra”. Tulipanes para llenar las cuencas de los ojos, labios regados de adelfas, un árbol pando encerrado.
En los silencios in promptu del suicidio, los versos de Rosado Andrades no solo entallecen hacia abajo, también lo hacen hacia lo profundo. Y no sabemos con seguridad qué sentido otorgarle; deidad o defunción, savia o hendidura, porque “en ocasiones el animal vuela hacia el cielo/y en otras anida, como indigesto”. Todo el poemario parece haberse construido sobre un ecosistema que palpita belleza, vida y muerte. Nítido, aunque contaminado por una atmósfera enlutada. Que avanza con una oscura fluidez y nos descubre la verdad impostergable: A mí, como a cualquier ser dotado de fecha de caducidad, “me gusta amar las cosas muertas”. Porque es ahí, justo en lo efímero, donde solo podemos conseguir lo que permanece. Y no conformándose con darnos un atisbo teórico, la poeta gaditana nos revela el principio del sumarísimo ritual que exige la eternidad, como si de una receta culinaria se tratase: “el primer paso para crear una flor inmortal/es arrancar violentamente su vida”.
Pero quizás el elemento más violento de la naturaleza sea el mar, vasto e inconmensurable animal contemplativo. Entre las flores, no es extraño que aquí aparezca el mar, que ama todos sus abismos por igual, que mata “(ojalá me estrangules)”. Porque el mar es así, un monólogo interior “en la crueldad de tu silencio”, necesario para poner toda la vida en equilibrio horizontal.
Marina Rosada Andrades parece finalizar esa búsqueda de la raíz (quizás sea el equilibrio, cada cual que hable con las flores) con una disculpa y una advertencia, un aviso a navegantes de alguien que no sabe predecir el futuro, pero lo conoce. Un frenazo a la sistematización de la vida. No puede existir dolor tan visceral como para enmudecer a quien vive en mitad de la naturaleza y aún conserva sus sentidos para fascinarse con ella:

“Crees que has arrancado todas las flores,
atado todos los ramos

y un día, de repente,
vuelve ser primavera”.

Antonio M. Vileya Pérez.

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“Palabras de perdiz” Miki Naranja

Palabras de perdiz, Editorial Comba, 2018. Miki Naranja.

Miguel Herranz (Valladolid, 1978), funcionario público y, por eso estamos aquí, poeta. Este que tratamos es su primer poemario, aunque no su primer contacto con las ediciones en papel: ya fue incluido en la antología #RelatosEnredados de la editorial Huancánamo el año pasado, que recoge relatos de humor en las redes sociales.
Es en ellas, precisamente, donde bajo el pseudónimo con el que firma Palabras de perdiz, comparte casi a diario con sus casi treinta mil seguidores sus versos. Escribir es, como leer, como beber dos litros de agua, un deber de todos los días. Pero, ¿lo es también compartir lo que se escribe? Parece que en estos días inflamables, vertiginosos y apresurados, puede resultar que los que ejercen este oficio así lo sientan. Publica al menos una obra al año o serás olvidado —la gran masa dixit. Claro que la prisa es mala consejera y el hecho de mostrar continuamente lo que hacemos supone un riesgo, y quizá compromete la calidad de lo que creamos. Con esto llego a lo que fueron mis originarias impresiones en un primer contacto con lo que leí de él: notaba ruido en sus versos. Aquí y allá, desperdigados, encontré composiciones que me recordaban más a juegos de ingenio fácil que poemas como tal. Sin embargo, aquello que me chirriaba era brutalmente devorado por la fuerza que desbordaba la inmensa mayoría de sus palabras.
Este poemario es una selección de todo ello y, como en lo que normalmente sale de sus manos, los no tan buenos son los menos.
Me vais a perdonar haber querido comenzar por lo disonante, pero os aseguro que es tan insignificante, que me parecía necesario (pues negarlo u omitirlo me parecía deshonesto) acabar con ello cuanto antes.
Así pues, ¿sobre qué escribe Miki Naranja? Lo hace, como deberíamos todos los que tenemos algún interés en esto, sobre lo que conoce: sus versos como él vienen del campo y los poemas están atravesados por ramas de árboles que sus manos han trabajado tanto como las mismas palabras; de una estrofa a otra surcan pájaros, crecen flores silvestres y todo está manchado de tierra fértil. Con una sencillez y una cercanía en la línea de los poetas de la nueva sentimentalidad, nos acerca a su familia, a su casa, a su entorno y, por supuesto, a sí mismo. Versos dedicados a sus hijos o a sus abuelos, a su madre o a un perro que ni siquiera es suyo, se nos vienen entrelazados con otros de índole más íntima, donde lo mismo nos ofrece “apuntes” sobre botánica o política, que nos habla de amores pasados, que nos lee el periódico o nos esboza la figura del poeta comprometido con la causa (siendo esta la propia literatura).
El escritor, el oficio de las letras, la poética, son constantes que desde el inicio del poemario, donde asistimos al propio ejercicio creador, hasta casi los últimos versos, donde de nuevo toma asiento y se dedica a ello, cruzan de principio a fin estas Palabras de perdiz. Nos muestran que, como solo los mejores, Miguel trabaja los poemas como los antiguos artesanos sus productos: con respeto y perseverancia. Manchándose en el proceso; uno no escribe para no decir nada y esto lo sabe el poeta, que se pronuncia aquí y allá con finura y humor sobre los asuntos que nos traemos entre manos hoy en día.
¿Y por qué no? Si en esta cotidianeidad que Miki levanta del suelo y de lo mundano, aún encuentra un refugio:

Una nube blanca, solitaria,
Atraviesa el inmenso azul.
He ahí el poema.
Fuera apenas
Corre viento. Dentro,
La vida está en su sitio.
Escribo para tener, siempre,
Un lugar al que volver.

Permítenos, Miguel, al resto de nosotros, volver siempre a tus versos.
De antemano, perdón y gracias.

María Murube Ponce.

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“Un monólogo de Leopold Bloom” David Roldán

Nadie me dijo que huir de Ítaca fuera un viaje posible. Habían dejado las llaves puestas en el magnífico portón de la isla, la ciudad, la casa. Todo aparecía descuidado. Había ocurrido un saqueo. Recordé la tarde en la que nos asomamos al ojo del campanario y vimos lo que habíamos construido: una tierra embrionaria, sí, aunque un atrevimiento sobre el mar. Ahora nuestra ciudad era una orilla circular que ni se parecía a Dublín ni a la patria de Ulises. Pienso que Molly y Stephen han sido los que lo han dejado todo así, que el desastre no es cosa de Joyce, que me piensa, ni del temporal o los socialistas. Todos se han ido y ya no me quieren. Pensé en lo mal que me había sentado la comida, y así, el descubrimiento del desamor vino solo. ¿Soy Leopold Bloom sin ellos? ¿Fui, acaso, Leopold Bloom algún día? Se han ido a otras islas, lo sé, a otras ciudades, si existen. O se han ido, sencillamente, se han esfumado. Han desaparecido delante de mis ojos con la lentitud hermosa de una flor que se abre. Esto último me parecería más lícito, menos premeditado. Uno abandona para crecer. Abandona el hogar y la tierra familiar sin anunciar que lo hace porque es un ejercicio involuntario y sorprendente incluso para el traidor que se marcha. Entonces supe que eran y estaban. Sin saber bien dónde, entendí que aquello no importaba y que la isla ahora era mía. Así os cuento que me marché a casa tranquilo, a mi casa -que eran todas, aunque concretamente a la que estaba al final de la única calle en larga pendiente-.  Allí escribí sobre ellos, como hago ahora mismo.

“Un monólogo de Leopold Bloom” David Roldán