«Te pusiste verde como esas piscinas municipales pasado el verano» Óscar Díaz

Te pusiste verde como esas piscinas municipales pasado el verano
y tus quebradizos brazos de cerilla ya no se encendían,
y mira que frotaba tu piel con presión de masajista hasta que ardiera.
Rechazabas las mantas, taparte te resultaba tan antinatural como en las noches de estío.
Me conciencio de que nunca volveré a ver las marcas de los calcetines por encima de tu tobillo,
pasar mis uñas largas y provocar esa musiquilla entre sus surcos
como si la epidermis estuviera animada, se delatara y diera un concierto privado;
ahora ya muerta podría rasparla, quitarle las capas punzantes a la alcachofa,
en busca de color o de algún líquido vital con el trabajo del zahorí,
pero eres tierra yerma que ha agotado la posibilidad del reposo,
un planeta abandonado por sus antiguos habitantes.
¿Y cuando eras tan minúscula que te colocaba a modo de sombrerito la flor de la clomala?
Me conciencio. Leías con el dedo índice siguiendo las líneas como leen los niños;
y ahora yo, frente a tu cuerpo, yo y alguien que miraba desde fuera, con el dedo índice
y el pulgar, el anular y el corazón lo recorría, quería leer, atisbar una glosa
en los márgenes que me dijera, destinada para mí, que habías sido feliz
no sé, a caballito sobre los hombros de tu padre o aquella noche en que asaltaste
los lácteos de la despensa y por la mañana tu habitación olía a pedos de leche.
El cuerpo no está desnudo hasta que no se toca.
Arrastré fuerte las huellas por tus labios como queriendo subrayar una sonrisa,
tocando en el inferior el punto exacto donde te lo rompiste al caer del árbol
por no obedecer, aunque antes de que pudiera regañarte me juraste por los benditos
que la gravedad había sufrido un fallo, y traté de convencerte de las vías inescrutables
de la física, y tú te mantenías firme en ese candoroso problema de la inducción;
un aviso para futuros navegantes, como quien abre el manual escolar de un antiguo estudiante
de matrícula y así sabe lo que hay que conocer en un solo golpe de vista.
No olvides jugar suave y no hacerte sangre en la frente. Los juegos infantiles y la sangre…
¿Recuerdas, amore mío, cómo caías en el sueño, entre mis brazos, con esta canción de cuna?
hay en la luna un sol ardiente,
hay en el sol, para las noches, una luna
o una linterna…

*Texto incluido en Óscar Díaz, Limosna para casar doncellas huérfanas, Maclein y Parker, 2024.

Óscar Díaz.

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