A una flor la eleva el vuelo
y termina tejiendo caminos
por la abertura azul de la tarde,


sus tumbos dejan
una línea vaga
entre el sol que cede
y la llaga en la tierra.

Tras su paso…
un olor fingido bajo la lengua,
un regusto a fruto maduro;

luego nada,
como si los signos de mudanza
fueran nuestra única definición.

«A una flor la eleva el vuelo» Gabriel Baldoy.

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Recorremos el campo,
nuestras piernas
caminan entre césped,
hay viento,
aridez en el aire.


Cansadas de verbalizar
nos acurrucamos cerca de una madriguera
encontramos
al animal,
queremos sacar su leche,
contemplar el nido,
abandonar el cuerpo
y transcribir la vivencia
en el hueco de la memoria,
desasirnos del lenguaje
aprendido,
ser voz habitada.

Dejamos un cuchillo
enroscado
en nuestros ombligos,
tocamos a rebato
la sangre que riega
el disparo en el árbol,
atravesamos
el útero
bajo la carne
que nos guarda,
tocamos la infancia.

«Infancia» Elisabet Fábregas.

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Nada me permite este encuentro
entre el despliegue del cuerpo
y el recogerse del lenguaje.


La pasión no es cuestión de resultados,
sino de posibilidad.
Soy la advenediza de la elipsis
a través del sentido.
Y tú, amor, en qué punto te aciertas
en todo este lenguaje desbordándose hacia los límites
de todo este cuerpo.

«Cuerpo abyecto, lenguaje deseado» Carmen Lendínez.

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Agarro con mis manos ateridas
el nudo que desborda mi garganta.


Trato de contener su fuerza,
empujar hacia dentro el amasijo
de penas innombrables,
explicar con palabras de este mundo
que me habita un bullicio de silencios,
que si en mí queda algo de mí
tendría que hallarlo en el nudo.

«Nudo» Elisa Sestayo.

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todo el ruido rompe con el deseo de irse
y a la vez una solo puede perderse en el ruido
hay muchas palabras que retumban constantemente en la pelvis
luego arañan los muslos se cuelan en tu cinturita
tenemos un ruido un ruido de locos dentro
y un millón de ronquidos
agazapados en el cabecero de la cama
y quiero atraparlos todos y ser capaz de decir
todo este ruido adentro me pertenece
todo este ruido dentro arrulla y rompe
en mis pechos blancos y me ciega
y estalla ante mí
irrefrenable

«todo el ruido rompe con el deseo de irse» Mayte Martín.

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No queda lejos la ruina.
______[La oscuridad es la falta de luz.]
En este punto de la tierra dos amantes hace siglos,
______[Es sencillo que se dé una falta absoluta para el ser humano,]
como en cualquier comienzo. Y es doloroso nombrar
______[sin embargo, la oscuridad absoluta no existe,]
el origen incierto de las cosas, porque siempre es mentir, y la mentira es una prórroga.
______[porque la luz no es solo el espectro visible, sino]
Es eso quizá: la demora. Lo que los nombres demoran,
______[todo el espectro electromagnético.]
lo que los amantes demoran. Sí,
______[Entre todo cuerpo la luz existe,]
hay algo obsceno en la dilación, lo terriblemente impúdico
______[aunque sea imperceptible a los ojos.]
de cuanto no se ve. Sí,
______[De este modo,]
hueco habitado donde se hunde tu mano
______[no existe la oscuridad,]
y mi mano.
______[sino la luz]
Mira cómo te ofrezco este cuerpo, justo este,
______[más cruel.]
con las palmas rendidamente abiertas.

«No queda lejos la ruina» Héctor Aceves.

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si apago la luz cada noche, se enciende la sombra
anticipada del sueño;
tu cuerpo y el mío avanzan juntos
por un suelo sin orillas.


en ese pasillo que solo
se ha mirado a la luz de su final, permanecemos
con la vaga esperanza del nombre sellando las formas.

hay ausencias que existen para siempre
porque mi mano las toca

días en los que, como si nada,
muero por ninguna cosa.

vivir parece entonces un recuerdo.

«si apago la luz cada noche, se enciende la sombra» Helena Pagán.

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nada acontece.
una escalera proyecta su sombra hacia lo alto
y deja que en los techos se filtre al fin el polvo.


solo irá hasta allí de un dios la luz en sueños
ondeando la bandera del olvido.
y seremos el germen, la simiente,

la raíz de esta nada
que bucea entre nosotros
que obra por desorden la razón y la calma,

tapiz de vida bajo la vida
que urde el tiempo
como madeja suya.

«nada acontece» Federico Ocaña.

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Febrero,
al cálido sol de invierno,
en la punta del espigón.
Frente a mí,
un hombre ayuda
– muy suavemente –
a quitarse algo de ropa
a su madre mayor.
En sus brazos
blancos y flácidos
– pienso –
que merecida luz.

«Madre» Imanol Ulacia.

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Desconozco el espacio que me alberga,
en mí se concentran otros dioses:
casi treinta años de paseos breves.

Nací con dos fechas:
la que domino, la que me apresa.

Soy pisadas de sueños y brea
impresas sin cuidado, orden o nombre.
En la memoria soy
y a ella me consagro.

 

«Memoria somos y en ella moriremos» Fabián Trigos.

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