En la misma habitación desde hace veinticinco años
mi madre dobla la ropa sin una arruga
para así no ahogarnos al vestirnos.
La guarda en cuadrados perfectos
al fondo del cajón, cuidadosamente,
entre sus preocupaciones, sus debilidades
que siempre nos ha ocultado.
No hay nada más intimo
que la penumbra de una habitación.
Sin embargo, ella no es consciente
de que el misterio entre adultos
no existe.
Hace años que la observo, sigiloso,
tumbada en la cama
dejándose llevar por una marea
la boca abierta
su carne encogiéndose
sumergida en el centro de su intimidad.
Y hace años que tras despedirnos
se quedan en mis brazos
pequeños copos de nieve.
Ella seguirá su ritual, en silencio,
y la ropa apretará mi cuello.

Sergio Obreo.

por protegerlos de algún modo
enumerábamos los seres y las cosas
Marosa di Giorgio

gustosa escarbo
como gusana voraz
ingiero el mundo de
su asco me alimento
//
el endometrio desprendido
como un trozo de fachada
//
nos dieron a probar de los
frutos como riñones dorados
//
un archipiélago de rotos
a lo largo de la tela intuye
el vello de un vientre
//
toleraba cualquier salinidad
no le escocía la herida
me dejó lamer su costra

Carmen Casanueva García.

mamá ayer me llevaron a confesarme a la iglesia del colegio me dijeron que
llevaba la falda muy corta me dijeron que pidiese perdón me dijeron que no
debería sentir ese cosquilleo pero por primera vez no sentí culpa de tener
las uñas pintadas de rojo chillón

tenemos la misma forma que un algodón de azúcar
(dulces y al borde de desaparecer)

el color rosa es engañoso por eso a las niñas nos han engañado toda la vida
la esperanza se nos agotó a los 5 años y desde ahí vivimos tirando como mulas de carga
de las palabras que nos han sido dichas (que nos separan las vértebras) y de esa promesa
incumplida (la de Dios y la de nuestra madre)

aunque todo se nos quede grande hemos aprendido a no mentir a mordernos la lengua

luego crecemos y somos obscenas frente una Biblia abierta y nos arden las puntas del
pelo
y nos pica detrás del ojo y dejamos de sentir el paladar

no sé de dónde salieron esos aires de grandeza solo sé que a veces hay que creérselos a
veces hay que teñirse de rosa y rojo a veces hay que encender un fuego

la ceniza nos sabe a impotencia pero

juramos sinceridad y nos sabemos Santas

Sergio Obreo.

La pupila de la vaca ensancha su negrura
el desgarro del grito aterciopelado de una madre
engorda la porosidad de las vigas que
sostienen el dolor de fractura
aguardan el llanto prematuro del niño
que deberá ser hombre.
Las diminutas manos se alargan
preparan el cuenco donde
recoger la ubre
desmigar la lana
donde nacerán las caricias para el buey que ara.
Las sendas rajan su letargo para entregarse
a las huellas del niño
violetas y caléndulas se disponen a su tacto
el perro consentirá su mandato
la vara del roble ya se deforma
para su palma.

Naiara Zazpe.

why do you try
so hard to be a man? You are
a lover! Why adopt
the reprehensible absurdities of
an inferior attitude?
William Carlos Williams

Me dicen que no, que exagero,
que mis manos
no son tan pequeñas mira
y ponen las suyas sobre las mías
sobrándoles una falange
y en sus rostros observo
la derrotada pupila
de los matemáticos equivocados.
Retiro rápido mi mano:
me hago –me siento pequeño,
frágil,
sin llegar a ser hombre
porque mis manos apenas
si sirven para pelar granadas.

Me dicen que, que claro,
que a una mujer le atraen
los hombres de manos grandes,
manos capaces de estrujar manzanas,
manos de estatua ligeramente descompensada,
que ellas se fijan mucho
en las manos, en las uñas
y yo me las he mordido siempre
por sentir pequeñas cuchillas
bajar por mi garganta.

A ver las tuyas y las muestro
avergonzado, como pájaros sin alas,
acorralados y tontos.

Si pudieran llorar mis manos, llorarían.

Luego en casa
me digo tranquilo me miro
mejor mis manos y las veo
sin saber qué decir de ellas
mas que no sirven para la siembra,
la caza, la fuerza
-aquello para lo que se crearon pero
sí para aguantar una casa,
acariciar un cuerpo
y teclear, teclear, teclear, teclear…

«I’m Your Man» Álvaro Macías Rondán.

No sé si te has dado cuenta; los barrios pobres tienen
nombres de santos en este país.
Así es como los ricos redimen sus pecados.
Les tiran un pedazo de parcela a los asalariados
y les permiten vivir en la ciudad.
Al principio trabajaban para ellos,
vivían para ellos, recibían en caridad su ropa
y el fondo de las ollas. Ahora sus hijos
y los hijos de sus hijos pasean por las calles,
tienen carreras, siguen a los herederos en Instagram.
Leen poesía. Vuelven a los barrios con nombres de santos,
pagan un alquiler por encima de los dos tercios del sueldo.
No creen en Dios y no tienen pecados.
Solo un apellido vulgar y una amarga sensación de déjà vu en la sien.

«No sé si te has dado cuenta» Cora Álvarez Blanco.

Tengo los libros de poemas
insertos entre versos de mi padre escritos a pluma.
Para leer una antología poética de Luis Cernuda
debo abrirme paso entre la profusa malla de palabras azules y caóticas
del primer hombre que me vio desnudo.

Escudriño la huella dactilar impresa en la tinta
para ver si puedo estribar mi juventud sobre su narrativa
o si el final, con suerte, resulta ser una muestra de mi madurez protocolaria.

Me he dado cuenta
de que he acabado termiteando Vivir sin estar viviendo
para extraer delicadamente los volcados salvajes de experiencia
sobre las arenosas y ajadas páginas que un día compusieron la antología
y hoy son un álbum de recuerdos o dos vasos de plástico unidos por un cordel
o un puente transgeneracional o una conversación íntima
que se propuso en 1985 y continua hoy
(11/04/2022),
y estoy brincadamente contento.

Es curioso que mi padre y Cernuda solo compartieran mundo once meses
y que el segundo escribiera un poemario
para que el primero hablara con su hijo.

«Gracias a Luis Cernuda» Marcos Pérez Parras.

No regué las orquídeas
de mi padre
Ahora están muertas.

Cae el vino sobre
la mesa, sobre
los libros, sobr
e un dibujo, so
bre palabras.
Sobre las flores
cae el vino
y no sé si debería
tirarlas, si
el agua cura, si
sobre la tierra
mi padre siempre
estará muerto.

«No regué las orquídeas» Mercedes Morón.

Crecer en la carencia es convertirse
en apátrida del amor,
en huérfana de la memoria,
en vagabunda del tiempo.

Si pudiera me quitaría cada hueso
y cada músculo, uno a uno,
hasta volver a ser pequeña
y caber en los brazos
de mis padres.

«Crecer es querer hacerse pequeña» Lucía Sánchez.

Hoy me he ahogado en un batido de fresa, han encontrado mi cuerpo nadando en un
charco rosa y enorme en el suelo de mi habitación. El charco ha empapado la alfombra
del Ikea y unos cuantos garabatos que podrían ser, algún día, el nacimiento de un poema.
Mi rosáceo cuerpo ya no llora, apenas tiembla y no abre su boca para lanzar un quejido
al cielo, por si alguien lo escucha. Qué difícil es ser, existir, respirar si los pulmones se
encharcan de mercurio, de baba espesa, de batido de fresa que ha nadado por la tráquea.

«Hoy me he ahogado en un batido de fresa» Gudrun Palomino.